EUROPEAN HISTORY: LA INDUSTRIALIZACIÓN DE FINALES DEL XIX


Hasta la mitad del siglo XIX Inglaterra podía ser considerado el único país industrial cuyo liderazgo nadie ponía en duda. El resto eran islas en medio de los campos de cultivo. Algunas de estas islas industrializadas estaban en Bélgica y en algunos lugares del oeste de Alemania y Francia. Ahora bien, a finales del siglo XIX el proceso industrializador se había generalizado, transformando rápidamente las sociedades de Europa occidental y Estados Unidos, incluso había penetrado en algunas zonas del este de Europa, así como en Rusia y Japón. Al mismo tiempo, tuvo lugar otro hecho importante. El planeta había sido dividido en parcelas por los países avanzados, quedándose Inglaterra con la parte más importante de las mismas. Esto permitió que Inglaterra quedase como el primer país imperialista con un vasto imperio colonial y con un “imperio informal” de estados clientes. La City de Londres era el eje del sistema comercial internacional, y proporcionó el sistema clave del dinero con la libra esterlina como principal fuente de los créditos a corto y largo plazo para el mundo desarrollado. Ahora bien, esta posición privilegiada empezó a manifestar los primeros declives a partir de 1870. El cambio más importante para Inglaterra fue la aparición de nuevos y fuertes rivales industriales y exportadores.
La tendencia en el último cuarto del siglo XIX es que se produce una crisis de los mercados, presionando estos sobre los costos y beneficios, lo cual lamentaban los hombres de negocios en numerosos países. La producción continuó creciendo, pero, al menos en los países de más antigua industrialización como Inglaterra o Francia, el crecimiento se hizo muy lento; por tanto, la deceleración se había producido. El problema de la superproducción, era una pesadilla para la industria. La extensión de la industrialización había hecho más intensa la lucha por los mercados. Los exportadores británicos, acostumbrados a disfrutar de un cuasi monopolio en la mayor parte de los mercados, sufrían la competencia alemana, americana y de otor países.
Además, a partir de 1870 la estructura del mercado dentro de cada país se hizo todavía más competitiva. Algunas empresas sufrían dramáticamente la influencia de los precios, y cuando las tarifas protectoras se debilitaron, intentaron vender en los mercados nacionales de sus competidores.
El descenso de los precios y la tendencia a la superproducción incidió con especial fuerza en las industrias y áreas industriales más antiguas. Esta tendencia preparaba y autorreforzaba el proceso de deceleración. La tasa de inversión se redujo y la proporción de envejecimiento y bosolecencia del equipamiento tendía a crecer; las empresas afectadas se volvían menos competitivas al mismo tiempo que el liderazgo pasaba a las zonas o países con una industrialización más reciente.
Los empresarios podían encontrar competencia a causa del cambio técnico y las mejoras en la organización, por lo que podían dar un paso agresivo explorando los mercados, agravando la situación de la cual intentaban escapar. Ahora bien, todo ello empieza a cambiar con el surgimiento de nuevas estrategias: a)mediante el control de la competencia por medio de truts y cartels y b)mediante la exclusión de la competencia extranjera regresando a las tarifas proteccionistas. Esta fue la práctica extendida generalmente, con la única excepción de Inglaterra. ¿Por qué no las hubo? Las industrias más antiguas establecidas en Inglaterra estaban controladas por algunas firmas competitivas con su propia individualidad en las prácticas de negocios y secretos industriales. Esta era una base suficiente para para su influencia en el mercado a través del control monopolístico de las materias primas.
En los restantes países industriales prevalecieron consideraciones diferentes. La industria se había desarrollado más tarde: su centro de gravedad tendía más hacia la industria pesada que hacia la ligera. En la industria pesada y en las industrias basadas en el avance tecnológico empezaban a reconocerse las ventajas de la producción a gran escala. Fue sencillo que un número de firmas se unieran y descubrieran las ventajas del control de precios y la división del mercado entre ellas mismas. Por supuesto, la fe en los dogmas del mercado no estaba muy arraigada ni entre los empresarios ni entre los gobiernos nacionales. Ahora bien, un acuerdo para fijar los precios o alguna forma de control podía resultar ineficaz si la competencia extranjera continuaba sin ser regulada. Por ello, los industriales del continente reclamaban dicha protección. La influencia de los alimentos baratos de otros continentes y el descenso de los precios hicieron necesaria la protección de los grandes intereses agrarios y preparó el camino para la ley alemana de tarifas de 1879 y la tarifa Méline en Francia en 1892. En definitiva, el movimiento de los mercados libres y el libre comercio podríamos fecharlo desde la década de 1870

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