HISTORY OF SPAIN: LA CIENCIA EN ESPAÑA EN EL SIGLO XVI


A lo largo de los siglos XVI y XVII España no dio ningún nombre brillante en Física ni en Matemáticas, pero fueron numerosos los cosmógrafos, geógrafos y naturalistas. Es evidente que en este campo influyeron los descubrimientos, que proporcionaron a los españoles la oportunidad de practicar la navegación, de dedicarse a los estudios cartográficos (Juan de la Cosa, Alonso de Santa Cruz), de observar especies botánicas desconocidas y de desarrollar una historiografía especializada (cronistas de Indias).
En medicina, el único nombre destacado es el de Miguel Servet, descubridor de la circulación pulmonar de la sangre, cuyas ideas heterodoxas le obligaron a huir de España y fue quemado por orden de Calvino en Ginebra (1553).
Sin embargo, en las ciencias humanas encontramos numerosos cultivadores, especialmente en Teología, Derecho y Política. El Derecho natural y de gentes recibió un fuerte impulso a consecuencia de la problemática suscitada por la hegemonía española y por el contacto con los pueblos indígenas americanos. Destaca en este campo el dominico Francisco de Vitoria, quien se ocupó de la justificación de la ocupación de las Indias, así como del origen, naturaleza y límites del poder político. Este tema fue largamente debatido, pues mientras los legistas que se basaban en el Derecho Romano defendían el absolutismo real, los teólogos eclesiásticos consideraron la existencia de un pacto entre el monarca y sus vasallos, llegando algunos, como el jesuíta Juan de Mariana, a defender el tiranicidio, lo que viene a ser una crítica de la monarquía absoluta.

Seguidamente transcribimos un texto de Juan de Cabriada donde nos explica cuál era la situación de la ciencia española.
“Nosotros, que hemos nacido en un siglo tan fértil de ingenios, debemos alegrarnos mucho, pues en él hallamos los mejores y más seguros remedios contra toda enfermedad, con los adornos de los nuevos experimentos físicos, anatómicos, practicoquímicos, y por esto una nueva medicina, que por la espagírica nos ofrece la gran selva de medicamentos que llevo dicha, para curar con presteza, seguridad y gusto del enfermo, las dolencias y males más graves, que por otro camino son incurables.
Asimismo hallamos en él la abundancia de febrífugos, tanto más seguros y eficaces que los que usaban los antiguos, como experimentamos y se puede ver en Turquet, que casi ha recogido todos los que han inventado los modernos, como lo puede ver el curioso. ¿Por qué, pues, no se adelantará y promoverá este género de estudios?¿Por qué para poderlo conseguir, no se fundará en la corte del Rey de España una Academia Real, como la hay en la del Rey de Francia, en la del de Inglaterra y en la del señor Emperador?¿Por qué para un fin tan santo, útil y provechoso como en adelantar en conocimiento de las cosas naturales (sólo se adelanta por los experimentos físico-químicos) no habían de hincar el hombro todos los señores de la nobleza, pues esto no les importa a todos menos que las vidas? ¿Y por qué en una Corte como ésta no había de haber ya una oficina química con los más peritos artífices de la Europa, pues la Majestad Católica del Rey nuestro señor, que Dios guarde, los tiene en sus dilatados reinos, de donde se podrían traer los mejores? ¡Oh inadvertida noticia. Y si advertida, oh inútil flojedad! (....) Solo mi deseo es que se adelante el conocimiento de la verdad, que sacudamos el yugo de la servidumbre antigua para poder con libertad elegir lo mejor. Que abramos los ojos para poder ver las amenas y deliciosas provincias, que los escritores modernos, nuevos Colones y Pizarros, han descubierto por medio de sus experimentos, así en el macro como en el microcosmos. Y que sepamos que hay otro nuevo mundo, esto es, otra medicina más que la galénica, y otras firmísimas hipótesis sobre que poder filosofar. Que es lastimosa y aun vergonzosa cosa que, como si fuéramos indios, hayamos de ser los últimos en percibir las noticias y luces públicas que ya están esparcidas por toda Europa. Y asimismo que hombres a quienes tocaba saber todo esto, se ofendan con la advertencia y se enconen con el desengaño. Oh, ¡y qué cierto es que intentar apartar el dictamen de una opinión anticuada es de lo más difícil que se pretende en los hombres!

Juan de Cabriada: Carta filosófica, medico-chymica

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