SCIENCE TODAY: ÉTICA Y CIENCIA


La pregunta que nos hacemos es la siguiente:¿Hasta que punto son responsables los científicos de los usos que se hacen de sus descubrimientos? Cuando nos planteamos esta pregunta pensamos en la bomba atómica. Dicha bomba se llevó a cabo a pesar de las profundas contrariedades de los que trabajaban en el proyecto y todo ello como resultado del miedo de que los nazis pudieran desarrollarla primero. Einstein comentó después de la guerra:”Si hubiese sabido que los alemanes no habían de tener éxito en la construcción de la bomba atómica, jamás habría movido un dedo”. Otros físicos, sin embargo, rechazaron trabajar en la bomba atómica. En cambio, otros se dedicaron de lleno al trabajo porque pensaban que era necesario para defender su país. Ahora bien, la inmensa mayoría que trabajaron en el proyecto lo hicieron porque pensaban que era el menor de los males posibles.
Todo ello fue posible porque, si alguna vez ha habido una “guerra justa”, ésta ha sido la Segunda Guerra Mundial. El régimen nazi se identificó con la superioridad racial. Los programas de exterminio racial, que se mostraron con toda su crudeza una vez finalizada la guerra, eran un rumor, si es que no siempre se supieron. El régimen nazi no tenía ninguna intención de “liberar” las regiones conquistadas, antes bien al contrario.
¿Era éticamente justo para los físicos desarrollar un arma tan destructiva como la bomba atómica para utilizarla contra dicho régimen? La pregunta puede tener dos contestaciones diferentes: una si se sabía que los nazis desarrollaban el mismo artefacto, y otra si se sabía que no lo desarrollaban. Pero, ¿cuál es la respuesta si no se pueden conocer sus acciones? Muchas veces nos enfrentamos no con tener que elegir entre el bien y el mal, sino con tener que hacerlo entre dos males de grado distinto.
Szilard y Einstien, cuya carta de 1939 al presidente Roosevelt inició el proyecto de la bomba atómica, le escribieron de nuevo en abril de 1945, animándole a que la bomba no se utilizase en la guerra, y advirtiéndole de los peligros de una carrera de armas nucleares. Como sabemos, esta segunda carta fue encontrada sin abrir en el escritorio de Roosevelt tras su muerte repentina el 12 de abril de 1945.
La bomba nuca se utilizó contra el régimen nazi. Alemania se rindió el 7 de mayo de 1945. Entonces los aliados centraron su atención en terminar la guerra del Pacífico. Los físicos se enfrentaron con otro dilema. Si la bomba fue construida para responder a la amenaza de otra bomba semejante del enemigo, y si esta amenaza había desaparecido ya, ¿podemos moralmente utilizarla contra un enemigo diferente que carecía de esta arma y se encontraba en las últimas fases de la derrota? Recordar que la batalla de Okinawa había sido durísima. Unos 13.000 soldados americanos habían muerto, y tres veces este número habían sido heridos. En la batalla habían muerto 110.000 japoneses.
El informe Franck, preparado por Franck, Szilard, y otros científicos, instaba a que la bomba no fuese utilizada contra las ciudades de Japón. Proponía una demostración pública en algún lugar desértico al que asistiesen observadores de las Naciones Unidas. Dicho informe fue enviado al secretario de la Guerra el 11 de junio, y confiado a un grupo de científicos. J. Robert Oppenheimer, director del proyecto de la bomba atómica en Los Álamos, Nuevo Méjico, expuso la constestación de dicho grupo al informe Franck:
“Dijimos que no creímos que el hecho de ser científicos nos calificara para responder a la pregunta de cómo se deberían usar o no usar las bombas: nuestras opiniones estaban divididas, como lo habrían estado entre otras gentes si lo hubiesen sabido: Pensábamos que las dos consideraciones principales eran salvar vidas en la guerra y el efecto de nuestras acciones sobre la estabilidad, sobre nuestra fortaleza y la estabilidad del mundo de la posguerra. Dijimos que no creíamos que fuese posible que la explosión de uno de estos artefactos en un desierto como un castillo de fuegos artificiales causase mucha impresión.”
La primera bomba atómica estalló el 16 de julio de 1945, cerca de Alamogordo, Nuevo Méjico. La segunda de las tres construidas arrasó la ciudad japonesa de Hiroshima el 6 de agosto, y la última destruyó Nagasaki el 9 de agosto. El 11 de agosto, Japón se rindió. Aproximádamente unas 114.000 personas, en su mayor parte civiles, murieron en las dos explosiones.
¿Era justo destruir dos ciudades y matar a 114.000 personas por evitar la matanza de un número posiblemente mayor de soldados y civiles durante una invasión prolongada y sangrienta en las islas de Japón?¿Era la destrucción de las dos ciudades preferible a la destrucción fragmentaria de la mayor parte del país? La predicción de que los japoneses lucharían hasta el final ¿era la correcta?¿Se intentaron por todos los medios evitar lazar la bomba atómica? Antiguamente, dichas cuestiones eran competencia de la política, de la filosofía y de la moralidad. Con la llegada de la bomba atómica, estos temas pasaron a formar parte de la comunidad científica, porque el científico creaba las condiciones de las que surgían dichas cuestiones.
Después de la guerra, muchos científicos entre ellos Oppenheimer, se enfrentaron con crudeza a dichas cuestiones éticos. Otros como Szilard y Rabinowich fundaron la revista Bulletin of the Atomic Scientists que continuamente llamaba la atención sobre los peligros originados por la utilización irreflexiva de la ciencia. Szilard llegó a ser conocido como escritor de ensayos en los cuales siempre había un mensaje: el científico debe siempre meditar sobre las consecuencias de su trabajo y debe estar dispuesto a esforzarse en ver que la ciencia no se utilice para la destrucción de la humanidad.
Los peligros siguen hoy tan vigentes como antes. Existen otras formas de destruir el mundo. Podemos permitir un mal uso de la ciencia de forma que el planeta se convierta en inadecuado para ser habitado, y podemos también inhibirnos mientras los pueblos desamparados del mundo estallan desesperados y nos involucran a todos en una guerra. La neutralidad es un lujo que cada vez resulta más costoso de mantener. Muchas veces, la negativa a tomar una posición se convierte en una posición definida. Oppenheimer tenía razón: los científicos no tienen ningún monopolio especial sobre la decisión ética cuando está implicada la tecnología. Pero los no científicos deben conocer lo suficiente sobre la ciencia y la tecnología para ayudar a tomar tales decisiones de manera inteligente.

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