DESCONFIANZA EN LA ÉLITES POLÍTICAS


La visión que tenemos los españoles sobre nuestro futuro nunca había sido tan confusa. Decir que estamos inquietos es utilizar una expresión muy suave. No sólo es que quizá no comprendamos el mundo que nos rodea y el lugar que ocupamos en él, sino que tenemos duda sobre nuestra propia identidad como nación.
La angustia se centra en torno al empleo. Ahora bien, quizá no es la única explicación valida para todo este desconcierto existente en la actualidad. Si nos olvidamos de los indicadores económicos, la sociedad española está mejor situada que en cualquier otro momento histórico. En el mundo actual, la sociedad española debería sentirse en una posición favorable ya que estamos en un mundo donde el recurso será cada vez el recurso humano y sus cualidades de comprensión, análisis, desarrollo conceptual y espíritu de investigación e innovación.
Por lo tanto, vivimos por un lado una crisis económica, y por otro una crisis intelectual. Muchas veces la confusión proviene de la desconfianza hacia los políticos. Hemos perdido todos nuestros referente, y nuestros políticos viven en la impotencia ya que hablan un lenguaje que suena a estereotipos de tiempos pasados. Como muy bien nos dicen los gurus, una crisis es una oportunidad. Pues bien, esta crisis podría convertirse en una oportunidad si somos capaces de tomar concienca sobre la realidad actual. Ello nos ayudaría a abrir nuevos caminos que podrían convertirse en respuestas adecuadas a los problemas actuales.
Ahora bien, este no es el caso. Nuestros políticos y nuestras élites están crispadas. Cuanto menos eficaces son, menos aguantan las críticas. ¿Porqué no es posible realizar cambios en las estructuras organizativas del Estado? Las respuestas que nos proporcionan son verdaderamente superficiales. Nos dicen que son incapaces de llevar a cabo cambios debido al conservadurismo de la sociedad.
Pero por otro lado, la sociedad va cambiando y se va adaptando a los cambios. Son los organos del Estado los que no se adaptan. El peligro de esta crisis no es en si misma la propia crisis sino el comportamiento que se pueda llevar ante ella. El peligro real no es la deslocalización o el aumento del desempleo, sino las respuestas regresivas que demos a estos problemas, que nos impiden comprenderlos y adaptarnos adecuadamente a sus exigencias

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