ECONOMIC HISTORY: LA TOMA DE DECISIONES


La escasez obliga a elegir, a tomar decisiones seleccionando alternativas. Estas alternativas  las podemos encuadrar dentro de un conjunto de oportunidades factibles, y varían según los recursos que cada sujeto -que toma la decisión- tenga a su disposición. Pero, de alguna forma, el principio será el mismo para todos: ante una elección, se tendrá que seguir un criterio de selección para elegir una opción.
Este criterio de selección puede consistir en seguir las reglas del azar -lanzar una moneda al aire y seguir una opción u otra según salga cara o cruz-, la costumbre, la intuición, etc. Pero si seguimos un criterio racional, tendremos que elegir la opción mejor, en función de un orden establecido de preferencias, con vistas a maximizar algunas variables como puede ser el bienestar o la satisfacción, entre otras variables. Siempre escogeremos en primer lugar lo que ocupe el lugar más elevado posible dentro de dicho orden, para pasar luego, si lo permiten las restricciones presupuestarias -los recursos disponibles- a satisfacer la siguiente, y así sucesivamente.
La racionalidad nos garantiza a los sujetos económicos un criterio estable, a partir del cual decidimos nuestra actuación ante cada situación. En estas condiciones, nuestra conducta será racional cuando mostremos un comportamiento consistente con un conjunto sistemático de preferencias. En la medida en que sea así, nuestras acciones serán predecible y podremos comprender las consecuencias que tendrán en ellas un cambio en el entorno.
Esto que hemos comentado, no sólo se aplica a las personas individuales, sino que cualquier entidad -familia, empresa o Estado- que lleve a cabo una elección racional deberá seguir las mismas pautas. Obviamente, las preferencias serán distintas en cada caso, pero si no suponemos que se puedan ordenar los distintos cursos de acción según su grado de deseabilidad o la satisfacción que proporcionará su consecución, no se podrá elegir lo mejor. Ahora bien, el paso de un único sujeto a una entidad mayor puede plantear conflicto de intereses. Las decisiones, en último término, las toman individuos concretos, y esto puede estar en contradicción con los objetivos de otra persona. Por ejemplo, los accionistas de una empresa querrían que toda la actuación de esta empresa estuviera encaminada a maximizar los beneficios y que para lograr esta finalidad fuese lo más eficaz posible. Sin embargo, la dirección está en manos de un directivo que puede desear alcanzar unos objetivos distintos, como potenciar su utilidad o intentar que la empresa crezca.
Todo lo dicho se puede resumir como la confluencia de dos canales: uno subjetivo, que depende de cada persona, y otro objetivo, dado por las condiciones del entorno. En el fondo lo que subyace en el propio concepto de elección conecta con el sentido común. ¿Hay sentido común actualmente en Europa? Si todos intentamos definir que entendemos por economizar, probablmente digamos que consiste en tener cuidado con los gastos o reducirlos al máximo. La escasez, la trastienda de la elección, limita lo que podemos conseguir y obliga a que entre dos opciones que producen igual satisfacción al consumidor, éste seleccione la más barata o, lo que es lo mismo, que ante un desembolso (coste) determinado elija lo mejor, lo que maximiza la satisfacción de la unidad de consumo, la familia.

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